jueves, 17 de mayo de 2012

Algunas notas críticas sobre la “república amorosa” de López Obrador


Armas de la Crítica | 13 mayo, 2012 | 
Julio Muñoz Rubio.
Investigador del Centro de Estudios Interdisciplinarios de la UNAM.
El pasado martes 6 de diciembre Andrés Manuel López Obrador (AMLO) nos sorprendió con un texto intitulado “Fundamentos para una República Amorosa”. En él, intenta explicar su programa político a través de un discurso moral, que se pretende poseedor de un humanismo profundo, hablando sin tapujos sobre la necesidad de alcanzar la justicia y la honestidad en México, fundando nuestra conducta sobre una base amorosa: el amor como condición de la justicia y la honestidad. AMLO erige su documento como un tratado de cultura y de humanismo frente a la manifiesta ignorancia y el mercantilismo sin límites de sus ya casi rivales en la carrera por la presidencia.
Un examen más atento del texto de AMLO nos revela una serie de fallas y deficiencias muy graves, que lo hacen insatisfactorio e inútil para una reconstrucción del país.
El texto de López Obrador está plagado de categorías abstractas y vagas; es de una marcada imprecisión y superficialidad. Es el típico discurso de un ideólogo burgués, que por su método de análisis, su terminología y sus caracterizaciones oculta, esconde las relaciones sociales que producen los males que él señala. El texto está dominado por conceptos ahistóricos, por expresiones y categorías que no permiten constatar los resortes que producen la injusticia, la corrupción, la violencia desmedida; son conceptos congelados, raquíticos, entumecidos en el marasmo, en el pantano de la parcialidad y la mistificación burguesas. No permiten arribar a la comprensión de cómo es que funcionan las instituciones que generan esos vicios o siquiera si son generadas por parte de instituciones; tampoco nos deja claro cuál es la naturaleza concreta, las relaciones específicas, en cada contexto, de los grupos,  o sujetos que conforman a la sociedad mexicana. Más aun, cual es el papel y las determinaciones específicas de cada uno de ellos; cuáles son las mediaciones que ocurren entre esos sujetos, grupos e instituciones, las cuales están produciendo esos indudables males en la sociedad mexicana. López Obrador se niega a llevar a cabo un examen crítico con algún grado de profundidad de la sociedad mexicana y rehúye hacer una caracterización del Estado mexicano (hablo del Estado, que no es lo mismo que el gobierno) y de su desarrollo, de su devenir.
Desde luego para él es imposible hacerlo no sólo porque su concepción del mundo se lo impide, sino porque un análisis histórico del Estado mexicano y sus lacras le llevaría a revelar (¡Oh descubrimiento!) las raíces de todo ello en la clase política priísta de viejo cuño a la que él perteneció y de algún modo sigue  perteneciendo. Imposible explicar una importante porción de la corrupción y la deshonestidad mexicanas en, por ejemplo, los sindicatos, si no se analiza el proceso de corporativización de éstos y de las organizaciones campesinas y populares; si no se comprende el proceso de cooptación de todas ellas al proyecto del Estado mexicano, el estado priísta. Ahí es en mucho donde surgen y proliferan las políticas caciquiles, la impunidad, el enriquecimiento ilícito, la negación de los derechos democráticos. Pero AMLO no puede denunciar, ni siquiera analizar ese proceso concreto, específico del Estado mexicano. No lo puede hacer al menos sin entrar en un proceso autocrítico profundo por ser una de las personas que implícitamente, y en sus orígenes de príísta, impulsó ese modelo estatal.

Para López Obrador es suficiente con señalar la injusticia  y la deshonestidad y atribuirla a la presencia dominante de mafias de política malvados, e insensibles; sin capacidad de sentir amor y por lo tanto de transmitirlo, Su simplificación de la realidad social mexicana es tal que imagina que la solución a todos los males pasa simplemente por sustituir a los políticos malos por políticos buenos y amorosos (dese luego, comandados por él). Siempre descontextualizándolo todo; haciendo de un problema tan complejo como el funcionamiento errado del Estado mexicano, un problema de naturaleza unidimensional. Un problema de malos sentimientos contra buenos sentimientos. Un asunto, como él mismo lo expresa de la lucha del “mal” contra el “bien”, así de general y abstracta, así de vagamente expresado. Y dada esa simpleza para plantearlo y diagnosticarlo, una enorme simpleza para solucionarlo: “voten por mí”. Se trata de una visión mesiánica en la que basta que el “bueno” ocupe la posición privilegiada del poder para transmitir mecánicamente sus bondades al resto del pueblo, a la nación.
En el texto de López Obrador no se encuentra ningún esfuerzo por analizar la naturaleza de la conciencia o las conciencias de los distintos actores sociales ni de los movimientos y recorridos de ella. En su discurso, empapado de una psicología vulgar de primaria, permanecen ocultas las relaciones de explotación y de opresión producto del sistema social y así, permanecen ocultas no sólo las fuentes de la injusticia, sino las manifestaciones de la misma. Su arenga está dirigida a provocar en el lector una reacción sentimental primitiva y parcializada. Es una arenga que busca, con ese proceso de ocultamiento, enajenar la conciencia de los explotados, de los oprimidos, señalando un camino que deliberadamente busca despojar a las víctimas de la injusticia y de la deshonestidad, de su conciencia para sí, es decir de una conciencia propia, una conciencia de sujetos que se identifican entre ellos como oprimidos y víctimas de un sistema social, como sujetos capaces de poseer una conciencia independiente, una conciencia de la capacidad de ellos(as) de decidir y constituirse en el elemento activo que puede llevar a las solución de los problemas de México. Esa liberación de la conciencia puede ocurrir, pero a condición de desembarazarse de los lastres de la clase política y su conciencia, a la que AMLO pertenece.
En la segunda parte de su texto  http://www.jornada.unam.mx/2011/12/06/opinion/009a1polLópez Obrador se desvive implorando al amor que llegue a nuestro país y que sea el pilar de la construcción del México por venir.  Pero su concepción de amor es de un simplismo extremo. Más próxima a la idea amorosa de las páginas rosas o las telenovelas que a lo que ésta sociedad requiere para lanzar relaciones afectivas verdaderas, entre seres humanos. La cerrada y limitada visión de AMLO de lo que es o debería ser el amor tiene su pilar fundamental en la defensa de las instituciones del Estado y los procesos de ejercicio del poder y del dominio dentro del capitalismo.  Esa cerrada y limitada visión del mundo le impide a AMLO darse cuenta de que es justo este sistema de dominación en el que él está inmerso, el que impide y obstaculiza el ejercicio del amor.
Es el sistema capitalista el que cosifica todo, el que al concebir a los seres humanos y a la naturaleza toda como mercancía. Impide siempre que los humanos desplieguen sus capacidades subjetivas, que actúen en función de ellas y no de la relación con objetos-propiedad privada, la privativa del capitalismo.
Es el capitalismo el sistema que, al tener al mercado como su único vínculo con la sociedad, destruye todos los tejidos sociales que podrían conducir al ejercicio del amor, anula la expresión  sentimental y emocional de cada sujeto, como no sea aquella que se oriente a la relación de mercado, al subsumirlo a la limitada relación laboral-jurídica del trabajo asalariado. México no es una excepción en este sentido.
El capitalismo es la forma de organización social que produce en serie individuos incapaces de amar. Inseguros, con una autoestima que se desplaza por los suelos o por debajo de ellos. El capitalismo, más en su etapa decadente representada por el neoliberalismo, es el mundo de la soledad, del aislamiento del individuo; es el mundo de la realidad cosificada, en el cual la relación humana se reduce a la dimensión valor, a la forma valor (de cambio). El mundo de este capitalismo, tan explícitamente respetado por  AMLO, es siempre el mundo de la necesidad, como opuesta a la libertad. Es el mundo en el cual el individuo se encuentra preso de las necesidades ficticias inventadas por este capitalismo para satisfacer la necesidad del mercado y la ganancia (Marcuse). Es el mundo en el que el ser humano no puede alcanzar su libertad por encontrarse inmerso en una cadena (cada vez más larga) de necesidades de posesión, preso en la falsa ilusión de que el sujeto más se realiza entre más posee. El capitalismo es el sistema que desvaloriza progresiva y contantemente el mundo de lo humano por medio de la valorización progresiva y constante del mundo de los objetos (Marx). Es el mundo del tener, no del ser (Fromm), es las antípodas del mundo del despliegue de las capacidades sensitivas del individuo. Por ello es el capitalismo el enemigo más acérrimo del amor, de la belleza, del trato humano, entendido como trato de seres universales,  con capacidades sensitivas, afectivas e intelectuales ilimitadas. Es el capitalismo el mundo del desgarramiento de la expresión sensible de toda persona, desde el niño hasta el anciano.
El capitalismo en general y en particular el mexicano, cultiva un modo de vida basado en la humillación, en la negación de los derechos y las capacidades; en el castigo y la vigilancia (Foucalt), la represión de la creatividad. El capitalismo, en especial el contemporáneo, cultiva una funcionalidad que vacía al individuo de sus sentimientos y afectos, que le obstaculiza el acceso a la complejidad y la creatividad del sentimiento amoroso. Fomenta la imposibilidad de expresar el “te amo” o el “ámame” correspondidos; es el efecto más profundo de una vida que transcurre siempre entre objetos y cosas que por su naturaleza mercantil se cambian, prestan alquilan o roban, llevando esto al punto de poner en el primer plano de la cosificación al propio ser humano.
El amor no puede florecer como expresión universal  humana en una sociedad, como la presente, en la que la relación entre los medios y los fines se encuentra invertida y en la cual el ser humano es sólo otro medio para servir al fin supremo de la ganancia. Una relación en la cual los humanos sólo son medios para sí mismos. Para ello es que se erigen todas las instituciones del Estado (familia, escuela, religión, policía, ejército, gobierno, clase política dirigente), las cuales organizan esa invertida relación y se constituyen con la finalidad de construir a cada ser humano como medio frente a los demás. Con ello se construyen como negación de lo humano. Fines que se comportan como medios. Por ello no es posible en este sistema, cumplir  el imperativo kantiano de considerar a todos los seres humanos siempre como fines y nunca como medios.
El sub-humano que sobrevive en este sistema, implora por un poco de afecto. No lo encuentra, no lo puede encontrar a menos que rompa, cuando menos parcialmente, con los valores y prácticas del capitalismo, de la sociedad de mercado; cuando menos en el fuero interno de la conciencia, lo cual no es poco logro: La libertad y el amor llegan, por el momento, a través del cuestionamiento de fondo del capitalismo, a través de la lucha por su destrucción. Por ello es más que vigente la tesis del Che Guevara de que la revolución es el acto de amor más radical que existe. El Che, desde mi punto de vista, nos dice con esto al menos tres cosas:  1-Que en el capitalismo el amor es imposible, 2-que es la revolución el proceso en el que el ser humano, al comenzar a reencontrarse consigo mismo, luego de siglos de existencia en el marasmo de su esclavitud, logra desarrollar sus sentimientos amorosos y 3-que éstos podrán expresarse plenamente en otro tipo de sociedad, en la que la propiedad privada haya desaparecido.
La libertad y el amor no son estados de ánimo fijos, son procesos de ruptura con estados de relaciones que impiden la expresión plena de las capacidades de los seres humanos. En esta medida no son procesos de “respeto” a las instituciones que AMLO quiere que se respeten (como la familia, por ejemplo). AMLO aplica la noción burguesa-religiosa de “respeto”. El respeto entendido como mantenimiento de las prácticas e instituciones hegemónicas existentes, como el dejarlas intactas, como el permanecer legitimándolas. El respeto, en esta tesitura, es una condición que, en la concepción burguesa lleva al amor, al amor burgués, concebido como afecto posesivo y cosificado. El amor no puede tener lugar si no se ha garantizado antes que habrá respeto a la concepción burguesa del mundo y a sus instituciones.
Pero una acepción revolucionaria del amor, en cambio, corre en contra de esta noción burguesa de respeto. El amor, en este nuevo sentido, se constituye como una gran falta de respeto y como ruptura de aquello que ha sido socialmente legitimado (Nietzche), el amor es el enemigo número uno de las instituciones del Estado  y de las ideologías producidas por éste. Lo que hay que respetar es al ser humano íntegro, capaz de revolucionar su propia existencia. Lo que hay que respetar es la capacidad humana de faltarle al respeto a todo lo anteriormente construido que limite sus capacidades amorosas.
AMLO es un simple demagogo electorero. Frente a su demagogia pseudoamorosa, pragmática, inmediatista, utilitaria y pobre, que va sólo en busca de votos, debemos expresar: “La vida está en otra parte”, como alguna vez alguien escribió en un muro parisino en 1968 (y que sirviera a Milan Kundera como fuente de inspiración para una de sus novelas más conocidas).
Contra la república amorosa: la ruptura poliamorosa.

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1 comentario:

  1. Hasta cuando sus fieles seguidores se daran cuenta de las verdaderas intenciones debajo de tanto amor?

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