miércoles, 8 de mayo de 2013

Isla Clipperton

La isla Clipperton es el último de los territorios mexicanos que se perdió a manos extranjeras. A causa de una mezcla mortal de ignorancia, lejanía, guerras internas y algunos conflictos externos, pero sobre todo desinterés, este pequeño pero significativo atolón coralino de seis kilómetros cuadrados de superficie, es hoy territorio francés, a pesar de estar ubicado a tan sólo mil 100 kilómetros de las costas de Michoacán.

En sus tiempos de esplendor, esta porción de tierra, que es como un lunar en el Océano Pacífico, fue disputada por los Estados Unidos, México, Francia e incluso Inglaterra. A principios del siglo 20, se creía que en sus entrañas se encontraba un yacimiento de guano que valdría unos 50 millones de dólares. Poco tiempo después, sin embargo, se descubrió con tristeza que el excremento de las aves, y que se esperaba se convirtiera en un espléndido abono, era más bien de muy baja calidad. Con esta decepción a cuestas, comenzó el abandono de la isla e inició también la tragedia.
Su historia comenzó durante los tiempos de la conquista, en el siglo 16. Sin embargo, aunque los españoles sabían de su existencia, no le prestaron demasiada atención. El descubrimiento oficial, y cuando comenzó a ser notoria su presencia en alta mar, sucedió hasta 1711, cuando dos capitanes franceses se toparon con ella y la nombraron Île de la Passion (Isla de la Pasión). Además, claro está, la reclamaron para su país. Catorce años después, un científico francés fue su primer huésped, pues vivió en ella durante algunos meses para fines de estudio.
No obstante, tiempo antes, un célebre personaje la había visitado de manera más o menos frecuente: el pirata inglés John Clipperton, de quien adoptó el nombre.
El bucanero había acumulado una importante trayectoria atacando y robando barcos españoles. Su historial inició bajo el mando del capitán William Dampier, quien lo nombró capitán de una de las embarcaciones que habían capturado. La codicia de Clipperton, empero, fue la causante de que cometiera traición. Se amotinó contra Dampier y se apropió de toda la riqueza a bordo.
  
Sus ínfulas de poder no duraron demasiado. Fue capturado por los españoles. Sin embargo, para su buena fortuna, el encargado de enjuiciarlo, el marqués de Villa Roche, lo trató con indiferencia, por lo que solamente estuvo preso cuatro años. Durante el viaje de regreso a Inglaterra, habría alcanzado a divisar la solitaria isla, misma que – cuando se reintegró a sus actividades ilícitas – volvió para buscar y decidió montar allí su base de operaciones. Según se aseguraba, Clipperton había escondido en algún lugar de aquella ínsula un considerable y maravilloso tesoro.
  
Lo cierto es que, por su cercanía, la Nueva España consideró que la isla le pertenecía y no tuvo necesidad de dar mayores explicaciones. Incluso, tras la independencia de México, esta porción de tierra se convirtió en territorio nacional de manera automática. Esta pertenencia se estableció específicamente en las constituciones de 1824, 1857 y 1917, donde la llamaron al modo francés: De la pasión.
                         
A mediados del siglo 19, los Estados Unidos la reclamaron como propia por una simple razón: la isla estaba sola y les gustó. Al mismo tiempo que México recordaba su existencia, el 17 de noviembre de 1858 el gobierno de Napoleón III firmó un decreto en el cual reiteraba sus derechos sobre Clipperton. Sus razones: esta porción terrestre era – a su decir – parte de Tahití, y como se habían apoderado de esa región 16 años antes, la consideraron parte de su derecho.
En 1897, el gobierno de Porfirio Díaz mandó una guarnición militar y la reclamó para nuestro país. Al año siguiente, los Estados Unidos retomaron su ansia expansionista y volvieron a desembarcar en la isla, ahora con el pretexto de una ley aprobada por su Congreso, la cual establecía que todo ciudadano estadounidense tenía el derecho de extraer guano de cualquier isla deshabitada que no perteneciera a ningún país. Tras un nuevo conflicto internacional, que incluyó a los Estados Unidos que se creían con derecho de explotar cualquier parte del mundo que les apeteciera, México y sus intentos por hacer valer su soberanía, Inglaterra mediante la compra de los derechos que los estadounidenses supuestamente poseían, y Francia que no desistía en su empeño, se llegó a un acuerdo bilateral.
El gobierno mexicano autorizó a la británica Pacific Island Company la extracción de guano por 20 años. Entonces, entre ambos países construyeron un asentamiento minero que consistía en un muelle, un pequeño ferrocarril y maquinaria pesada especialmente diseñada para las tareas. Además, los ingleses llevaron mineros de diversas nacionalidades, entre los que destacaban italianos y japoneses. En la pequeña isla se vivió un verdadero apogeo. Más de cien personas vivían ahí, la vegetación era abundante, muchos de los cultivos artificialmente introducidos comenzaban a dar frutos, y el ganado se adaptaba lenta pero aceptablemente.
El presidente Díaz ordenó construir un faro y envió una guarnición militar, encabezada por el capitán Ramón Arnaud, quien tenía un interesante historial. Nacido en la ciudad de Orizaba, Veracruz, era hijo de padres franceses. Durante su juventud fue influenciado de manera definitiva por su mejor amigo, Luis Reyes, hermano del prolífico intelectual Alfonso Reyes, hijos ambos del muy controvertido Bernardo Reyes, general porfirista de quien se decía llegó a ser el “embajador” de Díaz en el norte del país además de su secretario de Guerra. El caso es que su amigo lo convenció para que siguiera la carrera de las armas.
Sin embargo, por una serie de problemas menores, no logró ingresar al Heroico Colegio Militar. Esto no importó, pues por la influencia del padre de su amigo, entró como sargento primero en el VII Regimiento de Caballería, de donde desertó el mismo año en que ingresó. Jamás se imaginaría el joven Ramón que este episodio de su vida definiría su destino y su muerte años después.
A causa de su deserción, fue encarcelado cinco meses y degradado, pero, por su valentía mostrada durante la Guerra de Castas en contra de los indios mayas, fue ascendido a su rango original. Tras este episodio, fue enviado a Japón, y al regresar, nombrado gobernador de la Isla de la Pasión, puesto que primero rechazó pero al final aceptó gracias a una mentira piadosa: lo convencieron de que el propio presidente Díaz lo había elegido por sus méritos, por su valor y porque hablaba español, francés e inglés, así demostrarían al mundo que aquel último rincón del país se encontraba custodiado por un hombre culto y valeroso.
Todo parecía ir en orden en la isla cuando la compañía minera cesó sus actividades en el lugar. El guano era de muy baja calidad y no era rentable. En los últimos tiempos, sólo se habían dedicado a almacenarlo. La ínsula comenzó a ser evacuada y sólo permanecieron los mexicanos. Poco después, en tierra firme sucedieron dos hechos que los habitantes no tenían forma de conocer: en el mundo comenzó la Primera Guerra Mundial, y en México, la revolución.
El barco que les surtía provisiones, y que procedía de San Francisco, dejó de visitarlos cuando los ingleses se marcharon. Entonces, Arnaud viajó al continente y se entrevistó con el presidente, que para entonces era Victoriano Huerta. El mandatario se comprometió a ayudarlos y ordenó que un barco, proveniente de Acapulco, los suministrara víveres cada dos meses. El capitán regresó a Clipperton confiando en la buena disposición con que había sido recibido. Al llegar, le comentó las buenas nuevas a su esposa, una hermosa orizabeña de nombre Alicia Rovira a quien había desposado en 1908.
La suerte quiso, sin embargo, que durante la única batalla naval que se registró en la revolución mexicana, el buque “Vicente Guerrero” hundiera al “Tampico”, que era el que surtía provisiones a la isla.
Con el hundimiento, se señaló la suerte de Arnaud y demás mexicanos que lo acompañaban. Simplemente los olvidaron.
Cuando el alimento comenzó a escasear, comenzaron también las preocupaciones. No había manera de comunicarse con tierra firme, y el “Tampico” tenía meses de retraso. Con excepción de algunas balsas y botes salvavidas, no existía forma de atravesar el mar para pedir ayuda. El 28 de febrero de 1914, una goleta estadounidense encalló en el arrecife. La tripulación les comunicó que casi la mitad del mundo estaba en guerra. Entonces, tres marinos decidieron aventurarse hacia lo imposible: navegar en una balsa los 2 mil 200 kilómetros que los separaban de Acapulco. Las posibilidades de morir en el intento eran demasiado elevadas, pero era peor sentarse a esperar un barco que jamás llegaría.
Milagrosamente, tuvieron éxito. Pero las facilidades que les dio el mar se las negó la burocracia mexicana. La guerra civil continuaba y su final se antojaba lejos. A nadie le interesaba rescatar a un grupo de marinos junto con un puñado de mujeres y niños perdidos a mitad del Pacífico. Las autoridades nacionales dijeron simplemente que no.
                                                                
Con el gobierno norteamericano sucedió lo opuesto. En cuanto se enteraron del naufragio de su goleta, enviaron al crucero US Cleveland a rescatar a los sobrevivientes. Lo que encontraron en la isla les rompió el corazón. Casi todos los mexicanos habían muerto de escorbuto; enfermedad provocada por la ausencia de vitamina C en la dieta, y que causa padecimientos dolorosos y mortales, como hemorragias externas e internas, infecciones, reapertura de heridas recientes, fiebre, convulsiones, alteraciones emocionales y finalmente la muerte.
El capitán norteamericano se ofreció a llevarlos a Acapulco, pero el gobernador Ramón Arnaud declinó la oferta. Aseguró que contaba con provisiones sobradas para cinco meses, y que seguramente un barco mexicano llegaría en cualquier momento. Cuando el US Cleveland partió de Clipperton, dejó atrás a 14 hombres, seis mujeres y seis niños. Al parecer, Arnaud consideró que trasladarse a Acapulco con el resto de la guarnición sería tomado como una nueva deserción en su historial militar, algo que no le perdonarían sus superiores. Por tanto, prefirió mentirles a sus gobernados y quedarse a morir.
El drama de los sobrevivientes de la isla duró tres años. Tres años de una agonía muy lenta en los que tuvieron que enterrar poco a poco a la mayor parte del grupo. Las provisiones se terminaron rápidamente. Sólo contaban con algunas aves, escasos peces y huevos. En todo el territorio únicamente sobrevivían seis palmeras, que entre todas producían sólo tres cocos por semana, mismos que, por ser la única fuente de vitamina C, estaban destinados a las mujeres y a los niños. Tan sólo en 1915 murieron 15 personas. Las causas: delirios, desnutrición y escorbuto.
  
Los hombres, con Arnaud a la cabeza, comenzaron a presentar síntomas severos de alucinaciones. Así, al poco tiempo de sepultar a aquellas 15 personas, el capitán, en medio de la locura y la desesperación, dio una intempestiva orden: todos los hombres, excepto el guardián del faro, debían abordar una lancha y dirigirse a alta mar para tratar de alcanzar un barco que acaba de divisar. Nadie supo si en verdad Arnaud vio un barco o si solamente lo creyó ver por obra del escorbuto. Si existió, los marinos no lograron darle alcance. Cuando regresaban a la isla, una ola los volcó y todos perecieron.
De un momento a otro, Clipperton se había quedado con un solo hombre: Victoriano Álvarez, el guardián del faro. Con él, sobrevivían 15 mujeres y un puñado de niños.
  
La falta de vitamina C, el delirio, la soledad, el ruido incesante de las olas del mar y el eterno sol sobre aquella isla terminaron por enloquecer a Victoriano. No tardó demasiado en proclamarse rey y gobernar con puño de hierro.
Inició una escalada de violaciones y asesinatos. Nadie estaba a salvo. No había escapatoria ni a quién pedirle ayuda. La isla, de seis kilómetros cuadrados, no ofrecía refugio natural alguno, ningún barco se había aparecido en casi tres años. Mientras tanto, el viejo guardián del faro continuaba aterrorizando a los pocos sobrevivientes. No hubo más alternativa.
  
Tirza Rendón, una de las niñeras de los hijos del capitán, y que acababa de ser violada por Victoriano, se armó de valor y lo asesinó. No actuó sola. Recibió ayuda de otra de las víctimas: Alicia Rovira, la esposa de Ramón Arnaud. Así terminaba el terror, de más de un año de duración, al que fueron sometidos mujeres y niños en medio de la soledad de la isla Clipperton.
  
Pocos días después de la muerte de Victoriano sucedió un milagro: apareció de la nada el USS Yorktown, de la marina estadounidense, al mando del capitán H. P. Perril, quien rescató a los últimos sobrevivientes: cuatro mujeres y siete niños. Era el año de 1917.
                                                  
Al finalizar la guerra, Francia retomó sus intenciones de apropiársela. Ante el desacuerdo, tanto México como el país galo decidieron someterse a un arbitrio internacional. Víctor Manuel III, rey de Italia, fue el elegido para la tarea, quien, luego de 20 años, decidió que la Isla de la Pasión le pertenecía a Francia desde 1858.
Para celebrar, Francia levantó un puesto militar que sólo duró siete años. Desde entonces, olvidaron la isla, la cual han querido convertir en basurero nuclear y en blanco de pruebas atómicas. Es, de sus territorios de ultramar, el más abandonado y, a decir de muchos, dolosamente tratado con desdén por considerarlo inservible.
Sin embargo, para México representó una profunda herida. Un pedazo más de su territorio que le era arrancado por manos extranjeras, y el escenario donde ocurrieron los hechos conocidos como “La tragedia de Clipperton”.

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